Estoy tan nerviosa que no me centro en lo que digo… no sé qué hacer con las manos, no sé dónde mirar, creo que llevo el pelo fatal, me aprieta la ropa… y al final, pierdo el hilo”… me lo contaba hace unos días una de mis alumnas, pero lo cierto es que podría ser el testimonio de cualquier persona que sale a hablar en público y sufre ( y sí, no es exagerado decir que “sufre” porque cuando se te nubla la vista, se te agarra el nudo en el estómago y no has dormido la noche anterior pensando en el mal rato que te esperaba, eso se llama sufrir).  

Cuando hablamos en público, es prácticamente imposible, por muy acostumbrado que uno esté, no sentir cierto cosquilleo, cierto desasosiego, cierta expectación… y esos síntomas, que nos hablan de nervios, no tienen que ser necesariamente malos, ya que también nos ponemos nerviosos cuando estamos ilusionados o expectantes. Ilusionados por compartir una idea, un trabajo que ha sido muy importante para ti, o unas palabras para tu primo que se casa esta tarde. Los nervios, también son síntoma de ilusión. Así que, en primer lugar, no pretendas despojarte de ellos al 100% porque no tiene sentido.

Pero vamos ahora con los otros, con los que tienen que ver más con el pánico que con la ilusión y que nos llevan a ese “sufrir” sin sentido. Cuando estamos en esta situación, acumulamos una gran energía dentro. Somos como un volcán a punto de explotar y, aunque hay distintos pasos que tendremos que haber dado para mitigar esa sensación (ya hemos hablado de eso en otro post) hay un aspecto fundamental del que quiero hablaros hoy: el foco.

También nos ponemos nerviosos cuando estamos ilusionados o expectantes. Hay que trabajar para enfocar toda esa energía de forma positiva y no perder el control de la situación.

¿Dónde ponemos el foco cuando hablamos en público? Dicho de otro modo: ¿dónde esta enfocada la mayor parte de energía que llevamos dentro?… efectivamente, en nosotros mismos. Estamos muy centrados en todo lo que nos pasa, en todo lo que sentimos. Recordad a mi alumna: “no sé que hacer con las manos, llevo el pelo fatal, todo me aprieta…”.

Cuando hablamos en público, podemos cometer el terrible error de centrarnos demasiado en nosotros mismos. Esta mirada inquisitoria hacia adentro sólo hará que “retroalimentemos” nuestra sensación de inseguridad sintiéndonos cada vez peor. ¿Qué hacer entonces con toda esa energía? ¿Hacia dónde apuntar el foco?… No cabe duda: hacia el público.

Ellos son los verdaderos protagonistas del encuentro y en ellos tienes que volcar tu atención. Por eso:

  1. Detén tu “diálogo interno” desde el minuto cero. Evita los prejuicios, las creencias limitadoras o pensar en que seguro que se te ha olvidado algo.
  2. Si puedes, pasea por la sala antes de comenzar y saluda a la gente. Intercambia un par de palabras con ellos, anímales a que se pongan en las primeras filas, y después tendrás a quién mirar con confianza.
  3. Elige una persona del público y háblale a ella durante los primeros segundos. Cuando te sientas cómodo, busca a otra y así, poco a poco, ve abriendo la mirada, hasta que puedas tener una visión general de la sala.
  4. Fíjate en si sonríen o si asienten con la cabeza. Es la señal de que todo va bien. Están contigo y entienden lo que les dices.
  5. Intenta que tu intervención sea un diálogo desde el principio. Que el famoso: “Hola, ¿cómo estáis?” sea de verdad. Pregúntalo con intención. Incluso deja que alguien te conteste, si el contexto lo permite.
  6. Asegúrate de que cada pocos minutos incluyes al público en tu disertación: hazles preguntas (aunque sean retóricas) o busca, si la exposición te lo permite, que participen de forma activa.

Poner el público en el foco, en lugar de en ti mismo, te ayudará a canalizar buena parte de tu energía y controlar mejor los nervios.

Este proceso de focalizar en la audiencia, comienza en realidad mucho antes de llegar a la sala: durante la preparación.

Te lo explicaré en el siguiente post.